UNA ESCUELA DE OTRO GÉNERO

Son las prácticas escolares las que tejen el entramado de relaciones estereotipadas, aún cuando desde sus explícitas intenciones proclamen una educación igualitaria y no sexista.

Por Claudia Gantus

Escribir sobre mujeres y maestras no me resulta nada fácil. Será  porque esa doble condición me acompañó toda la vida. Desde mi herencia familiar hasta este presente elegido, asociar mujeres y docencia es en mi caso devenir cotidiano. Sin embargo aparece este “Día de la mujer”, con promociones comerciales, con propagandas románticas, con elogios excesivamente remilgados; y pienso entonces que esa no es la cuestión. Si bien se ha hablado mucho en los últimos años de la llamada “cuestión de género”, sabemos que en educación tenemos una tradición feminizante. Esta feminización de la carrera docente ha hecho que se pase casi inadvertidamente de la ponderación santificante a la exclusión. Desde los juegos infantiles, los regalos de cumpleaños, los retos y las sanciones, se transmite aquello que se considera “propio” de una identidad de género muchas veces estereotipada, que encubre una condición que merece nuestra atenta reflexión desde la escuela.

Haciendo un poco de historia

La historia de las mujeres es una historia asociada desde el comienzo de los tiempos a la maternidad. Sin embargo, no fue esto lo que dio lugar al reconocimiento de sus derechos. Fue un testimonio de lucha social, despareja y simple, cruel hasta la muerte. En Chicago, en 1890, ese grupo de mujeres trabajadoras, defendiendo sus derechos laborales para poder subsistir ellas, sus familias y sus hijos, terminó con el incendio intencional de la fábrica textil donde resistían con su protesta. Terminó con sus vidas, dando a luz un lugar en un mundo que no deja de necesitar justicia.

Desde allí hasta ahora, esas mujeres siguen urgidas por los problemas cotidianos, pero sensibles a los grandes problemas; mujeres que despliegan su potencial en todas las esferas, desde la maternal caricia de consuelo, hasta la fuerza inimaginable de la lucha.

En el campo de la educación, la cosa no es muy diferente. Tengamos en cuenta que el acceso de la mujer a la educación es relativamente nuevo. Si recién el siglo XX permitió, numerosas luchas mediante, que sea reconocida la mujer como sujeto de derecho, y por lo tanto, sea reconocido su lugar dentro de la educación, sabemos  que desde el discurso y las reglamentaciones se garantice esta igualdad no resulta suficiente. La igualdad formal no es la igualdad real. Cuando existe un modelo masculino socialmente más valorizado, a las niñas se las incorpora a ese modelo. Es que de alguna manera, el mundo adulto a pesar de los cambios de discurso y de las renovaciones en los diseños curriculares, no ha dejado de sostener un paradigma donde se valoran de manera desigual lo masculino y lo femenino. Estas “ideas previas” constituyen la misma identidad docente, y las maestras-directoras-madres sostienen en acto una perspectiva de tratamiento muy diferente a los varones y a las mujeres. Pensemos simplemente lo movilizador que resulta para el equipo docente la incorporación de un “maestro varón” en el plantel de clase, cuando este lugar generalmente está reservado para los docentes de áreas especiales (maestros de artística o de educación física).

Géneros de diseño…

Estamos hablando de la Cuestión de Género. El concepto de Género es construido socialmente, a partir de la valorización que se hace de las diferencias biológicas existentes por naturaleza. Es decir que frente a esa condición biológica, se edifican una serie de valores, vínculos, relaciones y tratamientos diferenciados que son transmitidos por generaciones. Se van diseñando los géneros en función del contexto social, cultural e histórico en el que se desarrollan los sujetos. Y en esto la escuela ha jugado y juega un lugar definitorio. 

“El género es entendido como una variable cultural arbitraria impuesta, construida en un contexto social de relaciones de poder y de clase. La naturaleza arbitraria de sus contenidos, en términos históricos y de clase, es el producto inconsciente y constante que llevan a cabo diferentes instituciones, tales como la familia y el establecimiento escolar”[1].

No se trata de una disciplina específica, de un área de la enseñanza, de un proyecto o de un plan didáctico determinado. Son las mismas prácticas escolares las que tejen este entramado de relaciones estereotipadas, aún cuando desde sus explícitas intenciones proclamen una educación igualitaria y no sexista.

Como ya sabemos, existen distintos niveles de concreción del currículum: podemos hablar del curriculum prescripto, aquel que desde los documentos, circulares y reglamentaciones nos presenta una posición de igualdad entre géneros; el currículum real, que resulta de la resignificación que cada docente, en cada escuela, hace de los documentos a los que accede; y finalmente el curriculum oculto[2], es decir, todo aquello que se enseña y se aprende en las escuelas sin estar explicitado en los planes de trabajo, y que resulta de la interacción que los distintos actores tienen en el ámbito institucional. El curriculum oculto opera a través de los estereotipos de género y de la asignación de roles. El curriculum oculto, en este caso, es un conjunto de normas y valores inconscientes que perpetúan los estereotipos y que se transmiten en las escuelas. No está escrito en ningún lado, pero existe con tanta o más fuerza que el curriculum explícito. Incluso puede dar lugar a evidentes contradicciones.

En las aulas, generalmente los docentes manifiestan una posición igualitaria con respecto a niños y niñas. Se respeta la libertad de pensamiento y acción, y la mayoría dirá que no se hace diferencia alguna entre alumnos y alumnas. Sin embargo si profundizamos la mirada vemos que es más común de lo que parece el tener expectativas distintas respecto del proyecto de vida que deben construir tanto hombres como mujeres, y que se traduce en la intencionalidad de que niños y niñas adquieran distintas capacidades en la escuela.

El problema surge  cuando las diferentes habilidades adquiridas por niñas y niños adquieren estatus distintos, como si resultara más “importante” aquello para lo que deben prepararse los varones: proteger y cuidar la fragilidad de las niñas. Así se asocia el desempeño de los varones con la independencia, la valentía, el dinamismo e incluso la agresividad, que prolijamente educada puede prepararlos para actuar en el ámbito de lo público con un espíritu de competitividad más  efectivo que a sus compañeras. La afectividad, la intuición (femenina), la emocionalidad, estarían reservadas para la tarea que en el ámbito privado deberán desempeñar las niñas en una perspectiva social que lejos de ser igualitaria como se proclama sigue reproduciendo estereotipos.

Es así como desde la selección de contenidos hasta las actividades, desde los juegos hasta los actos escolares, esta diferenciación de roles marca la reproducción de un modelo social. Desde las ciencias sociales, por ejemplo, podemos observar un relato histórico marcadamente masculino. Una historia donde los hechos heroicos siempre están protagonizados por varones, dejando para las niñas el papel secundario de colaboradoras.  Las niñas bordan banderas, reciben máximas, venden empanadas; mientras los varones: granaderos, soldados, patriotas, deciden y construyen los destinos nacionales…

Una educación igualitaria y no sexista se edifica desde la práctica. Seguimos haciendo formar a nuestros alumnos en filas separadas, tomamos asistencia en listas diferenciadas por sexo, se privilegia la preparación física de los varones y la intelectual de las niñas, se considera la tecnología más fácil para los chicos que para las chicas, y admitimos con más facilidad la desprolijidad en un trabajo realizado por un alumno que por una alumna. Ante situaciones de desorden, es habitual observar que las maestras pidan cooperación a las nenas, ya que se suponen más tranquilas y colaboradoras.

Un currículum “generoso”

¿Cómo empezar a transformar desde la escuela estas posiciones? Sería importante reflexionar desde nuestro lugar como docentes en la posibilidad de que esos valores considerados femeninos o masculinos, se conviertan simplemente en valores educativos, en contenidos de enseñanza pensados, diseñados y ejercitados para ser aprendidos por todos nuestros alumnos (y alumnas). La cooperación, la atención, el cuidado, la capacidad para vivir abiertamente las emociones, escuchar, decidir, perseverar, competir, emprender… ¿hay un niño o una niña que no merezca aprender a ejercitar estos valores? ¿Podemos como docentes negarles esta posibilidad haciéndonos partícipes de una concepción de género cargada de prejuicios?

Resultará también necesario que se garantice a los niños la posibilidad de participar equitativamente de las responsabilidades y tareas del aula y de las actividades de la escuela. Este ejercicio permitirá su desarrollo como personas libres, seguras de que la  igualdad de oportunidades puede concretarse más allá de las buenas intenciones discursivas.

Seguramente la escuela sola no podrá transformar una sociedad donde los estereotipos y prejuicios dominan gran parte de las relaciones humanas. Pero también es cierto que si la escuela no reflexiona sobre estas prácticas, no favorecerá estos cambios en las nuevas generaciones.

Podemos construir desde el reconocimiento de la diferencia individual, un concepto de igualdad que, independientemente del género, permita el desarrollo de las potencialidades y la expresión de toda la riqueza que encierra cada ser humano, sin restricciones impuestas por el sexo biológicamente determinado.

Tal vez sea el momento para que el Día Internacional de la Mujer, nos haga pensar en el modo en que la escuela enseñe a varones y mujeres que ese mundo posible, más igualitario, más generoso, más solidario, puede ser construido entre todos.

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[1] ROMÁN, Cecilia (2000): “Una mirada desde el género en el nivel inicial”, en Revista de 0 a 5 años. Ediciones Novedades Educativas. Pág. 83. 2000.

[2} Ver JACKSON, Philip (1992): La vida en las aulas. Morata, Madrid.

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Claudia Gantus es  Licenciada en Educación, con orientación en Diseño de la Enseñanza y Evaluación. Profesora de Ciencias de la Educación. Profesora de Filosofía y Pedagogía.