PENSAR, ACTUAR Y REINVENTAR LA ESCUELA

A propósito de los Derechos del Niño, se pone bajo la lupa el modelo del aparato educativo y se plantea la necesidad de reinventar la escuela.

Por Redacción
Es verdad, los chicos no son los mismos de antes. No se dejan disciplinar sumisamente, muestran menos respeto a la autoridad, prefieren el lenguaje audiovisual a la lectura y reaccionan más impulsivamente. Frecuentemente manejan tecnologías con mayor destreza que sus padres, comparten con los adultos las angustias e incertidumbres del desempleo, la violencia y la exclusión social.

Tampoco la sociedad es la de antes. La sociedad regulada por un Estado que garantizaba criterios de inclusión (trabajo, educación, seguridad pública, asistencia básica de la salud, entre otros) dió lugar a una organización liderada por el mercado que reemplazó en algunas de las funciones al estado. Lo que algunos denominan “el declive de las instituciones” presenta su correlato en un nuevo mapa social con millones de personas en el borde del sistema, trabajando en forma esporádica y sobreviviendo con reglas de juego marcadas por la inmediatez. En esas familias se desdibujó el rol de los adultos, muchas veces son los chicos quienes resuelven cuestiones que antes estaban en manos de los padres: trabajan, cuidan a sus hermanos, roban para mantener a sus familias o para abastecerse a si mismos. 

Y en ese escenario de mutaciones, una institución intenta resistir el cambio y sigue empecinada en dar viejas respuestas a nuevos problemas: hablamos de la escuela. Al respecto menciona Silvia Duschatzky: “El enemigo de la educación no es la imagen alterada de los alumnos, no es el desvío de aquello que esperábamos, no es la respuesta que nos inquieta, no sólo son las condiciones adversas, ni la desactualización de los maestros y profesores. No es la falta de respeto, ni el desinterés. El enemigo de la educación es la idea de los definitivo, de la determinación, de la impotencia, de la irreversibilidad”.

El modelo del aparato educativo

Cuatro características que impregnan el modelo escolar:

1. La realidad son las palabras
La institución educativa está organizada en torno a la palabra. La calidad del proceso se mide por cantidad de palabras leídas, por cantidad de temas expuestos, las evaluaciones giran alrededor de cantidad de respuestas aprendidas, por habilidad para leer palabras… tanto es así que la escuela no da tiempo para la vida, no tiene espacio para los objetos del mundo, no dispone de organización ni lugares para la interacción grupal con la realidad.

2. La escuela como fábrica de enseñar
Nacida en un período de industrialización, la organización escolar adopta patrones y modelos de su tiempo: disciplinar, controlar y garantizar la eficiencia son paradigmas centrales de la producción. Del mismo modo, la disciplina institucional fue, desde el comienzo, el eje organizativo de las instituciones educativas para niños. 
Con la intención de estandarizar procesos y productos, como se hace en las industrias, se crearon medios de evaluación, dispositivos de aceleración de aprendizajes, criterios de homogeneización del los resultados, etcétera. Sin embargo, a la luz de nuevas demandas, el rendimiento académico parece empeorar con el curso de los años. Del mismo modo que en la industria, se exploró en el sistema educativo las causas del “déficit” por el lado de la inversión, la tecnología, la modernización de los métodos. 
Se instaló así un discurso que adjudicó las causas del fracaso a la deficiencia de los recursos disponibles.
Por otra parte, y con la misma lógica, se trabajó en la optimización de métodos de estandarización, reducción de gastos, incorporación de la informática, desarrollos de modelos de control y evaluación para intentar definir con la mayor precisión posible los productos. 
En aparato educativo se apropió de palabras que sirven para hablar de objetos y procesos, como por ejemplo los estándares de calidad que se aplican a objetos que en algún sentido son idénticos, que pueden ser medidos y comparados, y que por lo tanto, jamás deberían aplicarse a un ser humano ni a procesos subjetivos y singulares como el aprendizaje.
Pareciera que el éxito esperado del aparato educativo es producir un ciudadano estándar: Que sepa más o menos las mismas cosas que saben todos, las aprenda en el mismo momento (o grado escolar), más o menos de la misma manera (método pedagógico y textos) y sus resultados sean medidos a través de pruebas estandarizadas con certificados de que equivalen a un sello de calidad homogenizada: bachiller, técnico, licenciado, doctor .
Sería injusto no mencionar que a la par, también circula un discurso humanizante, que pone énfasis en el vínculo alumno-maestro, en el rescate de los saberes previos y en la significatividad de los aprendizajes (cognitivismo, constructivismo, entre otros).

3. Lo igual es mejor que lo diverso
La escuela sostuvo por mucho tiempo la idea de que todos los alumnos son iguales. Para garantizarlo, realizó esfuerzos tendientes a nivelar las diferencias económicas y culturales, a través del uso de un tipo de vestimenta uniforme, desarrollando métodos objetivos de evaluación y transmitiendo valores universales. La intención fue homogeneizar sustituyendo la idea de dar igualdad de oportunidades con la de garantizar la uniformidad de la población escolar. En su afán por igualar, la escuela estableció patrones estereotipados vulnerando en algunos aspectos, el derecho a la identidad personal y cultural. 
“Con un grupo tan dispar no se puede enseñar” es una frase muy escuchada entre colegas. En este comentario subyace la idea de que la diversidad conspira contra la eficiencia de la labor educativa. 
El propósito de defenderse de la heterogeneidad llevó a aceptar una cultura de la exclusión y marginación, expresada en afirmaciones tales como: “Con este niño no puedo dar clase, interrumpe todo el tiempo y distrae a todo el grupo”; “aquél no alcanza el rendimiento mínimo para permanecer en una institución como la nuestra”; o “No estamos preparados para casos especiales, existen otras escuelas para estudiantes con problemas”.
Este procedimiento de reducir, unificar y simplificar es tan propio del sistema educativo desde su origen que nos hemos acostumbrado a él, se invisibilizó, se “naturalizó” y por ello nos parece que siempre fue así.
 
4. Tener más información es ser más culto
Un cuarto aspecto que se percibe en la lógica escolar es una concepción acumulativa del aprendizaje. Las disciplinas presentan su información de manera fragmentaria a lo largo de los años y por acumulación, se supone que el alumno deberá reconstruir la unidad de ideas y datos que se le brindaron. 
Se espera que construya en su mente ese laberinto de materias a largo de cada ciclo. La situación se agrava en la escuela media. 
El supuesto parece ser que disponer de más información es un éxito. Ello sin importar cuanto tiene que ver esa información con la vida del alumno, con sus posibilidades de desarrollo ni menos aún, si ha despertado en él, su deseo de aprender y mejorar la vida.

Reinventar la escuela

Si estas lógicas que subyacen a la organización escolar no bastan para construir personas capaces de ser felices y de aportar a la sociedad en la que interactúan, ¿qué debe enseñar la escuela? 

1. Pensar
Pensar  es una palabra difícil de acotar a una definición conceptual. Aún así, es vital acercarse a lo que implica el pensar como forma de ser humano, como camino a la construcción de la subjetividad. 
Pensar comprende un conjunto de operaciones lógicas y otras de carácter emocional que permiten a cada uno procesar de manera original y única gran cantidad de información que recibimos a través de los sentidos, las experiencias y el vínculo con otras personas. La forma en que cada ser humano se piensa y se construye a sí mismo, comprende o actúa en el mundo, está fuertemente influenciada por la educación recibida y la manera como se les facilite aprender a pensar. Por ello, no es un dato menor el hecho que el aparato educativo priorize la adquisición acumulativa de información (a veces) con criterios de memorización, confundiendo erudición con conocimiento; lo cual no es más que una nueva señal de lo poco que se reflexiona acerca de la educación y su sentido humano y social.
“Si el aprendizaje recorre el camino hacia el saber, el pensar es la ruta que conduce al ser. En efecto, pensar es ponerse en contacto íntimo con los recuerdos, con las emociones, con el deseo, con las propias limitaciones y capacidades.”  
A pesar de las estrategias educativas, los niños y jóvenes actuales exploran nuevas maneras de construir ideas y de procesar datos. Se desenvuelven con soltura en coordenadas de espacios virtuales, intuitivamente responden con velocidad de reflejos a estímulos simultáneos e integran señales visuales y sonoras con habilidades que en lejos nos superan a mayoría de los adultos.

2. Expresar
Expresar en una necesidad humana que adquirió gradualmente diversas manifestaciones como los idiomas, los códigos particulares de las ciencias, los sistemas de señales de uso público. También todos los lenguajes del arte que permiten expresar lo que se siente frente al mundo. Una educación que ayude a comprender y transitar la vida debe enseñar a usar, pensar y comprender los diversos lenguajes, sin acotar la formación al uso de la lengua escrita o la fórmula matemática. Sería importante abrir a los niños la posibilidad de expresarse artísticamente, revalorizar los nuevos códigos audiovisuales que ellos utilizan y ayudarles a encontrar sus propias vías de expresión que les permitan comunicarse y pensar, encontrarse y avanzar hacia nuevas formas de concebir y decir el mundo.

3. Actuar
Las personas en general y los chicos en particular, tienen la natural necesidad de tocar, explorar, correr, saltar, gritar. Explorar con todos los sentidos y operar sobre el mundo transformándolo, es un imperativo humano.
Acerca de la tensión entre conocimiento y acción transformadora dice Henry Giroux: “No hay una democracia que marche y que funcione sin un sistema educativo que de alguna manera abra una posibilidad y sin una educación que no le hable a los alumnos de comprometerse social y críticamente. Creo que aquí el docente entiende lo que es el conocimiento, pero pregunta sobre el compromiso y la justicia social. Muchos de los problemas impactan en la escuela, y la escuela sola nunca cambia una sociedad; pero al mismo tiempo, la escuela es uno de los pocos lugares en donde las preguntas pueden ser formuladas críticamente. En un sentido, la escuela representa una de las pocas esferas sociales en la que los alumnos tienen la posibilidad de cuestionar la relación entre la escuela y la sociedad. Quizás la escuela es el único lugar donde los estudiantes pueden formularse preguntas acerca de a qué deberían parecerse la escuela y la sociedad. No se trata solamente de aprender a vivir en sociedad sino a cambiarla cuando sea necesario. La tensión es entre una escuela que enseña a los chicos cómo ser gobernados y otra que les enseña cómo gobernar.”