LA ESCUELA VACÍA Y LA SOLEDAD DIGITALIZADA

Hoy, es urgente decidir cómo será la próxima escuela, analizar con pensamiento crítico la compleja realidad que vivimos y hacer escuela.

Por María Gabriela Simpson
Hoy, estamos en un momento único para pensar en innovación educativa. Hoy, no es oportuno pensar en cómo cambiar la escuela: porque ya cambió, ya no es más la misma. Hoy, es urgente decidir cómo será la próxima escuela, analizar con pensamiento crítico la compleja realidad que vivimos y hacer escuela. Hoy, la escuela está vacía, no sólo de cuerpos, también de esencias y de formas.
 
En el día a día, en lo concreto de nuestra tarea diaria, estamos construyendo algo sin saber qué es: sin planos orientativos, sin proyectos, casi sin arquitectos... con algún maestro mayor de obra y muchos obreros, que quizás ni tienen los materiales. ¿Qué es la escuela hoy? Además de ese esfuerzo sobre humano de tantos, que buscan soluciones urgentes, que aprenden lo que en años no aprendieron y que además son, también víctimas de una pandemia mundial que nos encerró en nuestras casas.
 
Las preguntas son urgentes y necesarias, frente a una escuela estallada, que queremos resucitar, haciendo virtual lo que meses atrás, hacíamos presencialmente desde hace años... por lo menos dos siglos. Recordar lo que era nuestra escuela hace unos meses, es evocar a la misma escuela del siglo XIX. Es sentir que los innovadores del siglo XX pasaron sin pena ni gloria, porque hace poco tiempo nos desvelaba la idea que "teníamos que hacer la escuela del siglo XXI", blandiendo bandera innovadoras, que no eran más que las ideas por las que lucharon contra viento y marea Montessori, Decroly, Dewey, un poco antes Pestalozzi. Esa escuela nueva, que el siglo anterior se devoró año tras año, sin poder hacerla realidad para la mayoría de las personas. Y en estos últimos veinte años, nos pasamos discutiendo sobre la necesidad de entender a la generación del siglo XXI, sin darnos cuenta que nada se había avanzado. Pero, nos entreteníamos con la palabra innovación, con la sigla ABP, buscando especialistas, recetas fáciles y formas estandararizadas de innovar, pautadas por los grupos editoriales, que, además, ofrecían las soluciones tecnológicas a nuestros problemas. Eso era innovar. Y de pronto, un virus, un mínimo virus, tiró abajo nuestro castillo de naipes. 
 
Y aquí estamos dándole batalla a la adversidad, inundándonos de talleres virtuales, de encuentros en vivo, de webinar... todos abiertos y gratuitos, para que nos ayuden a dar forma a la escuela en casa, a nuestra escuela, a la que hoy es sólo un edificio, ya que al salir de ella ni siquiera sabíamos qué era y qué esperábamos de ella.
 
Un simple ejercicio de memoria puede ayudarnos a pensar críticamente esta complejidad y como disparador, ayudarnos a pensar. ¿Quiénes eran nuestros alumnos dos meses atrás? ¿Cómo estaban? ¿Cómo actuaban? ¿Cómo los veíamos? ¿Cómo nos comunicábamos con ellos? Recuerdo las charlas de los profesores... son abúlicos, están desmotivados, nada les interesa, están con el celular todo el día, no se vinculan con los otros, no escuchan, no responden. las familias, no acompañan, los padres son abandónicos (o prepotentes, o violentos). La impotencia le ganaba al docente, lo enojaba, lo paralizaba, lo desmotivaba.
 
Y hoy, frente al aislamiento, queremos mostrar a la escuela a la altura de las circunstancias. y no encontramos mejor solución que digitalizar lo que antes hacíamos. Darle a los chicos (sólo a los que tienen conectividad, computadora y soportes humanos y tecnológicos) la solución: de 10 a 11 salas de clases virtuales, para que salten cada 40 minutos de una a la otra, motivados, conectados y entusiastas, respondan a nuestras consignas y hagan la tarea comprometidos. A los que nada tienen, bolsos de comida y cuadernillos impresos. Cambiamos, nos tecnologizamos: aprendimos a grabar videos, a organizar videoconferencias, a manejar mails y chats... logros maravillosos de abnegados docentes que antes quizás, sólo manejaban el wassap en sus celulares y algunas redes sociales. Tremendo avance. Pero, sólo queríamos reconstruir la escuela de antes, esa que deseábamos cambiar, pero que a la vez, era nuestra zona de confort.
 
Y hoy, nos encontramos con algunos pocos alumnos, en el "zoom", algunos.. muy pocos. Los que parecen estar despiertos, nos cuentan contentos, que se sacrificaron por nosotros y nuestras materias: se mantuvieron despiertos, para irse a dormir después (ya al mediodía). A otros, ni les conocemos las caras... algunos nos cuentan en confianza que el clima familiar no es bueno, muchos cuentan que no hablan con nadie, que casi, casi lo perdieron todo: deportes, amigos, salidas. Son las mismas siluetas solitarias, son esos seres tiernos, que sólo precisan que se los escuche, que se les ofrezca algún sentido de la vida, que se los acepte y entienda. La adolescencia de por sí, en condiciones normales, guarda una gran cuota de angustia y aislamiento. Y ¿ahora?
 
Por eso, la queja sigue y la incomodidad con el "hacer" también, porque nos "reinventamos" y los cambios no se ven. Ambos, docentes y alumnos, no estamos bien. Porque innovar no es digitalizar la soledad.
 
Innovar, sería encontrar nuevas formas de pensar en nosotros y en nuestras escuelas, pero para hoy, para el presente. Y después pensar cómo será el futuro... porque llenando los edificios de personas, no humanizamos las escuelas. Humanizamos las escuelas, escuchándonos, sabiendo cómo estamos, haciendo diagnósticos concienzudos de lo que hicimos en estos dos meses, valorando lo que sirvió y mirando lo que no, sin descartar nada. Innovar es pensar juntos qué precisan nuestros chicos y qué deseamos nosotros, es preguntarnos y respondernos  horizontalmente con nuestros colegas, escuchándonos y mirándonos sinceramente. 
 
Innovar es crear proyectos reales, sin digitalizar el pasado, usando las herramientas nuevas, en algo diferente. Innovar es hacer que las cosas pasen, no forzarlas ni frustrarnos por el fracaso.
 
Innovar es pensar proyectos, co-construir para co-desarrollarnos y para co-transformar la realidad, para lograr entre nosotros una Re-Evolución. Es momento quizás, de elegir uno o dos contenidos esenciales de cada materia, de reordenar horarios, de reinventar actividades, de soltar prejuicios y miedos, de enfrentar a superiores con fundamentos teóricos y humanos, es construir entre todos una sólida y sincera cultura colaborativa institucional, es comprometernos con los pares, con nuestros alumnos y con nosotros mismos. Porque las cosas no están saliendo bien, porque la escuela está vacía y nuestra soledad digitalizada.
 

Una forma de innovar sería convertir a la escuela en un teatro. Que las aulas digitales no sean más salones de clase, sino escenarios en los que diferentes actores pongan en escena el parlamento de una obra de teatro, un texto elaborado colaborativamente. En ese teatro habrá que diseñar escenografías, hacer cálculos para la iluminación, aprender idiomas, pensar vestuarios, hacer historia... así cada uno de los docentes podría ser parte del equipo de dirección y desarrollar uno o dos contenidos esenciales de cada materia y sentir que lo que hace es significativo. Así se podrían reordenar horarios, reinventar actividades, para que cada alumno no tenga que pasar por 11 Classroom, sino ser actor de su propio aprendizaje.

Todo esto necesita cuatro elementos fundamentales: cultura colaborativa, compromiso, trabajo en equipo y mucha confianza para sostener, ante quien sea, la innovación. Hoy, estos cuatro factores son bienes escasos. Es preciso innovar porque hoy las cosas, no están saliendo bien, porque la escuela está vacía y nuestra soledad digitalizada

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María Gabriela Simpson es Docente, orientadora e investigadora en resiliencia. Autora de varios libros sobre el tema. Apasionada por las letras, las palabras y la comunicación como generadoras de resiliencia.