¿CÓMO FOMENTAR LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA EN LAS AULAS?

¿Qué tipo de ciudadanos queremos formar? ¿De qué manera la escuela puede contribuir a construir sociedades verdaderamente democráticas, inclusivas y justas?

Por María Del Carmen Correale

Una de las demandas más importantes que recibe la escuela de la sociedad, es que prepare a las nuevas generaciones como ciudadanos participativos y democráticos. Las Ciencias Sociales en particular, consideran a este uno de sus principales objetivos. Cada una de las asignaturas que las componen buscan que niños y jóvenes tomen conciencia de la realidad de la que forman parte y se preparen para actuar sobre ella, de manera responsable.

 

El “modelo” de ciudadano que requiere nuestra sociedad hoy, difiere mucho de aquel que se construyó entre fines del siglo XIX y gran parte del siglo XX. Luego de la inmigración masiva, fue necesario “formar argentinos” que fueran fieles y obedientes a un estado nacional que se estaba consolidando.

 

En este contexto, se consideraba que la construcción de la ciudadanía era casi exclusiva responsabilidad de las familias y la escuela, dado que ambos espacios eran concebidos como los principales ámbitos de socialización.

 

Sin embargo, los tiempos han cambiado: en las sociedades contemporáneas, las dos instituciones mencionadas han perdido el lugar privilegiado de “autoridad” que tenían y hoy, ese lugar está siendo disputado por los medios de comunicación en general y de las redes sociales que desconocen las fronteras tradicionales. La llamada “desterritorialización” de la sociedad global, ha puesto en duda la importancia de las fronteras nacionales y ha roto, en muchos casos, los procesos de construcción de “ciudadanos nacionales” para impulsar la de “ciudadanos globales”.

 

La complejidad de las sociedades actuales en continuo proceso de cambio, por lo tanto, requiere de nuevas estrategias para construir ciudadanía preocupada y ocupada por lo que sucede en su país, pero también en otras partes del planeta.

 

El impacto del uso de la tecnología en las aulas, favorece que niños y jóvenes se interioricen, por ejemplo, sobre la contaminación del Riachuelo, pero también sobre los incendios en el Amazonas. De allí que el sistema educativo deba adaptarse a los nuevos tiempos: formar ciudadanos con autonomía de pensamiento, con visión crítica de lo que sucede, con capacidad para analizar el enorme cúmulo de información que recibe constantemente y para actuar en la realidad de lo circunda, entre otras características. Una forma de prepararlos para esto, es que las mismas escuelas se conviertan en ámbitos participativos: los centros de estudiantes o la participación activa en la elaboración de normas de convivencia internas, son sólo algunos ejemplos.

 

¿Por qué construir “otros ciudadanos”?

 

Es evidente que la organización de la escuela, los contenidos que se imparten en ella y las metodologías de trabajo en las aulas, deben adaptarse para hacer frente a las problemáticas características del tercer milenio que son (o deberían ser) materia de preocupación para los ciudadanos del tercer milenio. Sin embargo, muchos especialistas piensan que no lo está haciendo:

 

“(…) Ante los graves problemas de la humanidad (…), la educación, especialmente, a través de la escuela, como institución social y como ámbito de socialización de los alumnos, no puede permanecer ajena o neutral, y debería ofrecer alternativas adecuadas. La educación escolar tendría que abordar hoy, de forma explícita, el análisis de estas realidades, con un bagaje conceptual apropiado, intentando que los alumnos y alumnas se planteen estos problemas y vayan construyendo una posición ante los mismos. Pero no parece que la escuela se halle en ese punto.

 

(…) El carácter global de nuestro mundo debería llevarnos a repensar radicalmente el propio sentido de la educación, y más concretamente a replantear el carácter de los contenidos escolares y de los posibles problemas que se podrían trabajar en la escuela (…)

Asimismo, (…), la educación escolar parece ajena a este nuevo papel de la información y del conocimiento. Las asignaturas escolares siguen siendo, básicamente, conjuntos de conocimientos codificados y legitimados por la tradición académica. Incluso, la propia sociedad que es objeto de estudio en la escuela quizás sea una sociedad que ya no existe más que dentro de los muros de la escuela. Y desde luego no parece que sea una solución, a este respecto, la mera introducción de ordenadores en las aulas que, sin cambiar la estructura espacial y temporal de la escuela ni el modelo didáctico, se convierten en nuevos cacharros que casi estorban la tarea convencional de muchos profesores (…)

En efecto, la escuela tradicional se está revelando como incapaz para mejorar la manera habitual que el alumnado tiene de aproximarse al mundo, es decir, para superar el pensamiento simplificador, propio de la cultura de la superficialidad dominante, y muy alejado de un pensamiento científico complejo. De hecho, el sistema escolar se limita a aportar respuestas –supuestamente- correctas, a transmitir verdades, sin un clima de interacción social que facilite la reflexión y el contraste. En este marco, el alumnado se acostumbra a resolver los problemas de manera mecánica, sin explicitar ni movilizar sus propias ideas, sin cruzar e intercambiar argumentos, sin negociar los significados (…)

La incapacidad de la escuela para proporcionar un pensamiento más complejo, capaz de abordar, con más éxito, la problemática social y ambiental, se ve agravada por otro desajuste, de carácter más contextual: la cultura académica de la escuela tampoco es capaz de conectar con las pautas culturales manejadas por nuestros alumnos y alumnas; es más, se puede afirmar que existe actualmente una clara “brecha” entre ambas culturas. (…) Actualmente, los alumnos, procedentes, en general, de una cultura muy distinta de la cultura académica, manifiestan su reacción frente a esa escuela y su cultura en forma de “desapego”, de “desafección”, lo que se traduce en reacciones de pasotismo, de absentismo, de provocación y, en ocasiones, en situaciones conflictivas (…)”[1]

Frente a las críticas mencionadas, ¿qué puede hacer la escuela? Es cierto que no son muchas las ocasiones en las que los estudiantes reflexionan sobre sus propios conocimientos, sobre la forma en que los construyen o las relaciones que encuentran entre ellos y la realidad social en la que viven. Facilitar la posibilidad de cuestionar, de hacer preguntas, de comprender la complejidad de los problemas sociales, así como de crear espacios para el debate, es una tarea indelegable de la institución escolar. 

Participación ciudadana en el aula: posibles abordajes

Ahora bien, si acordamos en que la escuela tiene capacidad transformadora en la formación de ciudadanos, la pregunta “obligada” es cómo puede hacerlo…y aquí las respuestas pueden ser diversas. Sólo a modo de ejemplo, proponemos algunos posibles abordajes:

Actividades: EL BARRIO DE LA ESCUELA

  • En esta oportunidad se propone que los estudiantes recorran el barrio de la escuela. A medida que lo hacen, tomen notas y fotografíen los problemas que se visibilizan en ese espacio (por ejemplo, la falta de un semáforo, el estado de las calles, la existencia de aguas estancadas, la rotura de un caño, la situación edilicia de la escuela, etc).
  • Pregunten a los vecinos cuáles creen que son los principales problemas que tiene el barrio.
  • A partir de lo que vieron y les contaron, debatan cuál de todos los problemas detectados consideran más relevante. Es importante que fundamenten el por qué.
  • Voten cuál de todas las propuestas consideran que debe solucionarse con mayor urgencia.
  • Con la ayuda del docente, investiguen qué autoridad es la encargada de atender ese problema y
  • Escriban entre todos una carta, solicitando la resolución del mismo, explicando por qué lo consideran de importancia y presenten a las autoridades pertinentes dicha carta (puede presentarse por mesa de entradas en el edificio donde trabaja esa autoridad o enviar por e-mail). Con este tipo de acciones, ejercen el derecho de peticionar a las autoridades.

Actividades: LAS NORMAS DE CONVIVENCIA DENTRO DEL AULA

  • Más allá de las normas de convivencia que rigen a cada una de las instituciones escolares, el clima de trabajo y la convivencia dentro de aula pueden verse perturbados por costumbres o comportamientos que no favorecen una convivencia armónica. Es importante recalcar que esto no significa pensar que los conflictos no pueden existir, sino que pueden tratar de resolver de la manera más justa para todos. Para ello se sugiere, hacer entre todos, una lista de las actitudes o comportamientos que entorpecen una buena convivencia dentro del aula.
  • Una vez realizado el listado, tendrán que ordenarlo de acuerdo a la gravedad que consideran que tiene cada actitud o comportamiento de manera fundamentada.
  • Seleccionar los tres primeros y sugerir qué actitudes o conductas tendrían que incorporar los integrantes de la clase, para modificarlos (por ejemplo, si creen que es un problema que no se escuchan cuando hablan, tendrán que buscar una estrategia efectiva que solucione esta cuestión).

Actividades: EL RESPETO POR LAS MINORÍAS

  • En este caso, se propone que elaboren en grupos el guión de una situación (que puede ocurrir en la escuela, la calle, el club, etc.) que ponga en evidencia la falta de respeto hacia alguna minoría. Lo importante, es que no sea una situación cerrada con una resolución, sino que quede abierta para el debate;
  • Realicen una dramatización de dicho guión, que será filmada y luego visualizado por toda la clase;
  • Como las situaciones planteadas no tienen resolución, con la guía del docente, los estudiantes tendrán que debatir las posibles soluciones a cada una de las situaciones presentadas. Nuevamente -como en los casos anteriores- cada propuesta tendrá que estar justificada teniendo en cuenta el respeto por “el otro”;
  • Elijan entre todos cuáles son las actitudes que las personas tendrían que tomar frente a situaciones como las presentadas con la finalidad de respetar a las minorías.

A modo de conclusión 

Tal como se sostuvo al inicio, las propuestas de trabajo deben contribuir a que los estudiantes analicen críticamente la realidad en la que están insertos, tomen decisiones fundamentadas con autonomía y participen activamente en sus posibles soluciones. En definitiva, que conviertan a las aulas en espacios constructores de ciudadanía.

Webgrafía

BOLÍVAR, A. (2016): “Educar democráticamente para una ciudadanía activa”, en Revista Internacional de Educación para la Justicia Social (RIEJS), Universidad Autónoma de Madrid, 2016, 5(1), 69-87. Disponible en https://revistas.uam.es/riejs/article/viewFile/4344/4717

FERNANDEZ, GARCÍA PÉREZ, SANTISTÉBAN FERNANDEZ (2012): Educar para la participación ciudadana en la enseñanza de las Ciencias Sociales. Vol. 1. Asociación Universitaria de Profesorado de Didáctica de las Ciencias Sociales, Sevilla. Disponible en http://www.didactica-ciencias-sociales.org/publicaciones_archivos/2012-sevilla-XXIII-Simposio-DCS_I.pdf

SANSEVERO, I.; LÚQUEZ, P. (2008): “La participación y sus aportes en la educación ciudadana democrática”, en Revista Omnia. Universidad del Zulia, Maracaibo. Disponible en https://www.redalyc.org/pdf/737/73714101.pdf

[1] García Pérez, F. y De Alba Fernandez, N. (2008): “¿Puede la escuela del siglo XXI educar a ciudadanos del siglo XXI?” en X Coloquio Internacional de GeocríticaDiez años de cambio en el mundo, en la geografía y las ciencias sociales (1999-2008). Barcelona. Disponible en http://www.ub.edu/geocrit/-xcol/394.htm

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María Del Carmen Correale es Profesora de Enseñanza Secundaria, Normal y Especial en Historia. Diplomada en Constructivismo y Educación, con mención en Ciencias Sociales.