'Piratas' en el stand de SM en la Feria del Libro

Ganadora del premio El Barco de Vapor 2017, es una novela de Sebastián Vargas para mayores de 9 años. Está ilustrada por Mariana Ruiz Johnson.

Por Redacción

‘Piratas’ es una novela que entrelaza dos historias: una de género realista que funciona como marco de la otra: maravillosa, humorística, ligera, que fluye como el agua, avanza a toda vela como un barco dispuesto al abordaje de la imaginación del lector, y constituye un verdadero homenaje a las novelas de aventuras con piratas. Esos carismáticos renegados con alma de tormenta, piel de salitre y alguna que otra gota de ron en las venas. Esos seres sin más raíces que las velas y el ancla de su navío, que surcaban las aguas a la caza del botín, tiñendo el azul de rojo escarlata. Personajes de tinta que aún viven en los versos de románticos de Espronceda o Byron y en la prosa de Defoe, Stevenson, Salgari y tantos otros, que conquistaron a lectores de varias generaciones con las historias de estos aventureros con patas de palo, garfios y mapas de tesoros aún escondidos.

 

En el paratexto de la novela que nos ocupa, una cita de La fugitiva, el sexto libro de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, nos habla de sentimientos contradictorios, y aunque pensemos que poco tiene que ver la obra del escritor francés con ‘Piratas’, Sebastián Vargas, su autor, afirma que en algo se relaciona: “Es la historia de un amor lleno de complicaciones y de la búsqueda de un tesoro imposible de hallar: el tiempo ya pasado. Es que no hay mayor tesoro que el tiempo que tenemos”.

El tiempo es un protagonista más en las dos historias que se entretejen en Piratas. El tiempo del relato y el tiempo de la historia de esta novela responden a un ajustadísimo mecanismo de relojería que se revela como una de sus tantas fortalezas.

 

La historia marco se inicia durante una inundación y, en ese instante comienza a correr un tiempo que atravesará muchos momentos de la vida de dos personajes entrañables. Tito, un chico de nueve años, y Delia, su abuela, que se refugian en el techo de la casa para esperar que alguien vaya a rescatarlos. Allí, mientras están aislados como en un barco a la deriva, en medio de la inmensidad líquida que avanza y se eleva, Delia empieza a narrar la historia de piratas que abarcará, también, un tiempo extenso en las vidas de sus personajes, un tiempo que seguirá abierto cuando la novela se cierre.

 

La historia enmarcada también tiene dos personajes centrales, Albertina e Ibáñez, que están unidos por un vínculo indescifrable. El agua que rodea a los inundados también es el elemento en el que se mueven los aventureros de la ficción, que dispuestos a jugarse la vida en cada abordaje, logran que se borre para Tito la realidad que lo circunda. Como Sherezade, en Las mil y una noches, mantiene con sus cuentos el interés del sultán y por lo tanto la vida. Delia establece con Tito un pacto secreto de continuidad de la historia iniciada y, al mismo tiempo, del vínculo afectivo construido entre ellos.

 

La narración que se inicia esa noche de mal tiempo es larga y continuada, generando suspenso como en los folletines o en las novelas por entregas. Nada logra interrumpir el torrente de la fantasía, que no se detiene a pesar de las circunstancias que separan a la abuela de su nieto: el tiempo, las distancias, el crecimiento de Tito o la salud de Delia. Cada nuevo encuentro es un buen motivo para continuar la historia de esos dos piratas, dos acérrimos enemigos que están envueltos en una espiral de amor-odio, que seguirá viva en la mente del lector.

 

Cuando en el capítulo quince se cierre el marco y se silencien las voces de Delia y de Tito, los intrépidos Albertina e Ibáñez seguirán buscándose en mares y puertos, pues la vida de uno no tendría sentido si el otro no estuviese al acecho. Los personajes de la historia de aventuras están construidos con humor y es inmediata la empatía del lector hacia estos seres tan magníficos como disparatados, frágiles y poderosos al mismo tiempo, violentos como las tormentas y mansos como la marea baja. Sus protagonistas son diametralmente opuestos, y quizás en ello se centre la mutua atracción que los lleva a buscarse para destruirse. Los miembros de la tripulación de los dos barcos en ciertos momentos forman un cuadro coral y, en otros, se elevan como voces individuales con características desopilantes y bien definidas, como el aspirante a pirata, un pequeño cuyo nombre va variando en mil acordes y adquiriendo una musicalidad diversa cada vez que se lo nombra. Albertina debe velar por su seguridad en un ambiente especialmente inseguro; este solo hecho constituye de por sí un oxímoron, de los tantos que divertirán al lector. Así como los protagonistas tienen rasgos opuestos, los barcos que tripulan son también graciosamente diferentes: Tras es tan especial como su capitana: cuidado, bien decorado con colores vivos, con velas a lunares que en algún momento convierten al barco en una enorme vaquita de San Antonio. En cambio, Cachengue está sucio, descuidado, y las cosas parecen navegar en un eterno desorden, así como es la vida de su grotesco capitán, que, de manera hiperbólica, tiene todos los atributos del pirata clásico al mismo tiempo: pata de palo, garfio, parche en un ojo y un carácter irascible. Ibáñez tiene reacciones tan imprevisibles por su crueldad y su despotismo, que resultan deliciosamente ridículas.

 

El espacio geográfico en el que se desarrollan las aventuras va desde el Caribe al Río de la Plata y de allí a las lagunas y zonas inundadas del sur de la provincia de Santa Fe. Las imágenes sensoriales y las acciones que se describen en ese ámbito parecen fruto de la alucinación o del espejismo, e inolvidables resultan para el lector esos barcos piratas que avanzan sobre los campos inundados buscando al Sabio del Sombrero Negro de Rufino o al Gaucho de Java, o que penetran simplemente en el terreno de la maravilla. La realidad de la vida de Delia es inestable y se mezcla con la ficción; sorprende al nieto y al lector el hallazgo del pañuelo de Cornalita, integrante de la tripulación de Tras, en el guardarropas de la abuela: miles de hipótesis quedan abiertas y cada una de ellas deja ver la frontera siempre lábil entre verosimilitud y fantasía, y más en esta novela, en la que una ficción encierra otra y los narradores intercambian sus roles. 


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