LAS RELACIONES INTERPERSONALES EN LA ESCUELA

Los valores y normas atraviesan las actividades escolares y se traducen en hábitos y actitudes personales.

Por María Del Carmen Correale

En la Argentina en particular, en un contexto caracterizado por la llegada de millones de inmigrantes, las escuelas desde mediados del siglo XIX fueron concebidas como el espacio más adecuado para la formación de “argentinos”. 

Hacia fines del siglo XX, más allá de las discusiones puntuales acerca de contenidos, se sigue pensando en las instituciones escolares como espacios privilegiados para preparar a los futuros ciudadanos de una sociedad pluralista. Y para ello también importan las relaciones interpersonales que se establecen en su interior. 

¿Cómo “educar al soberano”? 

La llegada de millones de personas provenientes de regiones muy diversas desde mediados del siglo XIX, condujo a las diferentes administraciones nacionales a impulsar la educación básica obligatoria en todo el país con la finalidad de educar a las nuevas generaciones como “argentinos”. Prueba de ello fue la obligatoriedad de la enseñanza de contenidos relacionados con la Historia y la Geografía nacional, así como a la incorporación de efemérides a través de las cuales se buscaba generar un sentimiento de pertenencia a las jóvenes generaciones. 

Más de 100 años después nos encontramos con cambios muy significativos en relación al papel de la escuela en la sociedad contemporánea. Ya no se considera a las instituciones escolares como simples formadoras de la nacionalidad a través de la enseñanza de determinados contenidos. Es muy probable que esto esté vinculado con dos fenómenos que los investigadores destacan: por un lado, la globalización y por el otro, el tipo de ciudadano que se requiere en la actualidad. 

En el “modelo tradicional” se esperaba que el ciudadano fuera respetuoso y obediente de las normas establecidas, es decir, que no las cuestionara y que acatara las decisiones de las autoridades instituidas sin ningún tipo de reparos. 

Cuando se piensa en los ciudadanos de hoy, suele hacerse mención a la necesidad de que sean críticos, autónomos y participativos. Esto no significa que no obedezcan las normas, pero se pretende que puedan analizarlas y cuestionarlas si lo consideran necesario. En definitiva, no se está pensando en un ciudadano pasivo que sólo se reconozca como tal en los momentos de ejercicio de su derecho al sufragio: se pretende la formación de futuras generaciones comprometidas de diversas maneras con su tiempo. 

Con esta intención se han incorporado algunos contenidos en el curriculum escolar que tienden a la reflexión crítica sobre determinados aspectos de la vida social. Sin embargo, algo que no siempre se tiene en cuenta, es que la institución escolar también enseña y pueda hacer mucho por la formación de futuros ciudadanos democráticos a través de las relaciones que se establecen dentro de las propias instituciones escolares. 

La reflexión y las acciones que derivan de las relaciones interpersonales y de la resolución de los conflictos que se generan en las escuelas, son un instrumento de enorme potencial para educar a las generaciones futuras. 

Relaciones interpersonales como herramienta de enseñanza 

Sabemos que la estructura dentro de las que se encuentran las instituciones escolares es jerárquica. Es el Estado a través de sus instituciones y personal especializado, el que imparte cuáles son los contenidos que deben enseñarse en ellas y de qué manera así como también, establece los criterios sobre los que deben funcionar dichos establecimientos sean de gestión pública o privada. 

Ahora bien, la organización interna de dichas instituciones también es jerárquica en cuanto a su función específica: directivos, docentes y alumnos (y sus padres) tienen diversas funciones y grados de responsabilidad en el proceso educativo. Mucho se ha discutido respecto a las “cuotas de poder” y al ejercicio de las mismas. 

Más allá de las discrepancias que existen respecto a estas cuestiones, es evidente que las relaciones entre estos diversos “estamentos” han cambiado a lo largo del tiempo. En esta ocasión sólo nos referiremos preferentemente a las que se establecen entre alumnos y docentes, porque creemos que aquí se encuentra un elemento esencial de la enseñanza que no siempre se tiene en cuenta y esto se debe a que los docentes solemos enseñar no sólo a través de nuestros saberes sino –y a veces fundamentalmente - de nuestras valoraciones y actitudes que ponemos en juego dentro y fuera del aula ya sea de manera consciente o inconsciente. 

Es por eso que algunos especialistas hacen referencia a que en la escuela debe darse una “pedagogía de encuentro”: (…) los valores y normas empapan las actividades escolares y se traducen en hábitos y actitudes personales. Sin embargo, esta vía institucional de la moral exige que los centros sean capaces de hacer vivir los valores que propugnan y comprometerse con ellos; sólo así se podrán traducir en las conductas individuales. De nada sirve elaborar un listado de valores sobre el papel si después en las prácticas y actividades, no se respiran dichos valores. (…) El clima y la atmósfera que se respira se convierten en un importante dinamismo de educación moral que se traduce en los hábitos y actitudes colectivos. (…)”[1] 

La propuesta de la “pedagogía del encuentro” le otorga un valor fundamental a la relación que establecen los alumnos entre sí, pero también a la que vincula a los docentes con sus alumnos. Y es aquí donde el papel de los docentes adquiere otro valor que va más allá del de aquel que conduce a sus alumnos hacia el conocimiento. 

Para algunos especialistas, el trabajo en valores y con valores dentro del aula, puede realizarse a través de diferentes metodologías. Entre ellas proponen por ejemplo, prácticas de autoconocimiento, el tratamiento de determinados temas transversales, el abordaje de conflictos, las asambleas y el trabajo cooperativo. 

ACTIVIDAD: TRABAJO COOPERATIVO, DINÁMICA PARA AFIANZAR LAZOS ENTRE ALUMNOS 

  • En esta ocasión proponemos que el docente planifique el abordaje de un tema en particular a través del trabajo cooperativo secuenciando actividades en pequeños grupos que deban colaborar entre sí para lograr el producto final. 
  • Una vez obtenido el producto final, podrá reunir a todos los chicos y promover en ellos la reflexión acerca de la importancia que tuvo la negociación y la ayuda mutua en el logro del objetivo en común. De las respuestas de los chicos podrá resultar una reflexión grupal acerca de la importancia de este tipo de actitudes para otras situaciones de la vida cotidiana que se pueden presentar dentro o fuera de la escuela. 

El vínculo docente-alumno como facilitador del aprendizaje y de la resolución de conflictos 

Es indudable que las relaciones que los docentes establecen con sus alumnos suelen ser facilitadoras o entorpecedoras de la enseñanza: si el docente favorece la creación de  vínculos afectivos con sus alumnos, estos se percibirán a sí mismos como sujetos singulares, conocidos y respetados. 

Siguiendo Mónica Gijón, “(…) el mundo afectivo que se construye en la interacción permite establecer canales de confianza y seguridad entre los educadores y los alumnos. Sólo la vía interpersonal logra que los alumnos y alumnas muestren afecto por los adultos con los que conviven y confíen en sus educadores de referencia. Un canal que les permite apreciar las recomendaciones e indicaciones que provienen de los adultos, así como comprometerse ante la exigencia de ciertas conductas y comportamientos. Pero la confianza no sólo la depositan los jóvenes en los adultos. En una institución educativa, el progreso de los jóvenes está íntimamente relacionado con la confianza que depositan sus educadores en ellos. Creer en las posibilidades de todos los alumnos y alumnas, reconocer sus logros y sus éxitos y generar expectativas son elementos que inciden directamente en la autoestima de los chicos y chicas. (…)”[2] 

En cierta forma, es esta reciprocidad en las relaciones entre docentes y alumnos lo que permite a los primeros establecer lazos de confianza con los niños y jóvenes que tiene a su cargo. Y es esta confianza, la que sin dudas permitirá que estos se “atrevan” a plantear sus problemas o a expresar sus verdaderas opiniones frente a determinadas problemáticas que los aquejan y que, en muchos casos, interfieren en el clima de trabajo dentro del aula y en el entendimiento y respeto por el otro que son la base de la vida en democracia. 

Trabajar para la no violencia 

Solemos presenciar o ver a través de los medios de comunicación hechos de violencia escolar que nos alarman: desde peleas entre diferentes “bandas” hasta el acoso a determinados alumnos de manera presencial o a través de redes sociales. En realidad, en los diferentes ámbitos de socialización los chicos se relacionan con afectos positivos y modelos interpersonales de empatía así como con otros basados en la competitividad, el abuso de poder y la agresión. 

En definitiva, la escuela no puede ser vista como un espacio “inmune” a este tipo de comportamientos. Sin embargo, frente a estos fenómenos –muchos de los cuales no son nuevos aunque sí más frecuentes en los últimos años- la escuela no puede mirar para otro lado…si estamos preocupados por educar futuros ciudadanos de sociedades democráticas, es evidente que algo tendremos que hacer. Muchos nos hemos espantado frente a quienes propusieron en Estados Unidos el uso de armas por parte de los docentes para evitar nuevas matanzas en las instituciones escolares…Trabajar por la no violencia, implica contribuir a que los alumnos internalicen determinados valores y actúen en consecuencia. 

Algunas de las propuestas que buscan trabajar por la no violencia en las escuelas[3] plantean la necesidad de que los docentes elaboren sus estrategias a partir de un proceso circular de reflexión y actuación que se debe adecuar al contexto en el que se da el conflicto. Y aquí –afirman sus mentores- resulta de vital importancia, la empatía que se haya establecido entre el adulto y los jóvenes o niños…estos últimos deben poder confiar en su docente tanto para transmitirle su preocupación como para buscar soluciones. Es necesario, sostienen, que la escuela colabore en el fortalecimiento de los vínculos afectivos entre los miembros de la comunidad. 

ACTIVIDAD: PONIENDO EN PALABRAS LO QUE VEMOS 

  • Sólo a modo de ejemplo, proponemos en este caso que el docente analice los siguientes dibujos con los alumnos y promueva el intercambio de ideas acerca de su significado en el contexto de la escuela. 
  • La clase se divida en 5 grupos (uno por cada dibujo). Cada grupo podrá ponerle una leyenda al dibujo que le tocó, atribuirle un pensamiento a cada personaje o armar una historieta que refleje la situación de violencia presente, con el objetivo de armar una campaña a favor de la no violencia en la escuela. 
  • Luego de hacer una puesta en común sobre las producciones de cada grupo, se podrán elegir dos o tres de ellas para realizar la campaña. 

En tanto los chicos tienen que “poner en palabras” lo que ven, es probable que hagan referencia a situaciones que se viven o se han vivido dentro de la institución. Es en este punto donde la empatía generada entre docentes y alumnos, podrá rendir sus mejores frutos.

[1] Gijón Casares, M.: Encuentros cara a cara. Valores y relaciones interpersonales en la escuela. España, Graó, 2004, pág. 12.

[2] Gijón Casares, M. Idem, pág. 15.

[3] Pérez Cabañi, M., Reyes Carretero, M y Juandó J. Afectos, emociones y relaciones en la escuela. España. Graó. 2001.