FORMA DE PENSAR EL JUEGO EN LA ESCUELA

En gran medida, el desarrollo adecuado de la afectividad y la inteligencia infantil está relacionado con las posibilidades de jugar que tengan las niñas y los niños.

Por Claudia Gantus

El juego es uno de los primeros lenguajes del niño y una de sus primeras actividades. A través del juego, el niño conoce su mundo circundante incluyendo las personas, el funcionamiento de los objetos, y la forma de comportarse de quienes lo rodean. Es la forma que los niños tienen de acceder a la comprensión de la realidad. Por eso, en gran medida el desarrollo adecuado de la afectividad y la inteligencia infantil, serán el resultado de las posibilidades de jugar que haya tenido el niño.

Juegos de niños

En el juego, los chicos actúan su corporeidad. El cuerpo del niño se transforma en caja de resonancia de sus emociones, sus pensamientos, sus tensiones, sus alegrías. Así, la actividad lúdica permite explorar, descubrir, indagar, expresarse. Los juegos acompañan el descubrimiento del mundo y la construcción del yo. 

Los niños juegan. Un niño que no juega ofrece una señal de alarma para maestros y padres. La ausencia o resistencia al juego son síntomas de que "algo anda mal". 

Ahora bien, si el juego es la actividad más seria para la vida infantil... ¿Qué hacemos en la escuela? ¿Qué escuela queremos? ¿Una escuela que permita el juego? ¿Que lo fomente? ¿Que lo organice? ¿Qué pasa con el juego en el patio? ¿Y en la sala de clases?

Es evidente en este contexto que no podemos excluir el tema del juego del ámbito de la educación formal. Cuando la escuela instala estas cuestiones en su debate, comienza a pensar en la relación que existe entre juego, enseñanza, aprendizaje. 

Es posible que el juego sea el eje de un proyecto institucional. ¿Por qué? ¿Para qué?

El juego en la escuela

En la escuela se juega en el recreo, en las horas libres, en las clases de educación física. La mirada cotidiana nos muestra juegos que perduran a través del tiempo, juegos inmortales, que generación tras generación se repiten en los patios escolares. Niñas que siguen saltando a la soga como lo hicieron sus madres, sus abuelas. Niños que rompen las rodillas de sus pantalones en un campeonato de bolitas. Intercambio de figuritas, "manchas", "rondas", reaparecen con renovado lenguaje. Con sus códigos propios, los niños rebautizan viejas tradiciones lúdicas... También aparecen las nuevas figuras en el escenario: personajes fantásticos, superhéroes, actualidad televisiva puesta en escena en los quince minutos en el patio.

Frente a esta realidad, una escuela que institucionalice un modelo tradicional, verá al juego como una actividad improductiva, poco seria, y desvalorizará toda propuesta lúdica como instancia de aprendizaje. ¡Basta de jugar! Ahora hay que trabajar! En este modelo de gestión, los juegos en la escuela serán considerados como la posibilidad de distracción, esparcimiento, y en el mejor de los casos como un tiempo de recreación para los niños, necesario en tanto que "descomprime" las tensiones provocadas por las tareas del aula. A menudo los maestros son concientes de la ineficacia de un tipo de enseñanza que escinda los momentos de juego de los momentos de trabajo, sin embargo, el temor frente a lo imprevisto que puede surgir de las situaciones de juego, el "desorden" que de hecho provoca toda actividad grupal, o una sensación de "pérdida de tiempo", son algunos de los motivos por los que muchas veces las propuestas de juego en el aula y en la escuela son postergadas, frente a otras actividades consideradas "más importantes" en el desarrollo del currículum. 

Pero también es posible pensar el juego como una parte indispensable de la actividad escolar. El juego es para los chicos una caja de experiencias de vida. Cuando los maestros y la institución, reconocen y asumen el valor del estímulo, entonces se organizan de manera diferente todas las actividades en la escuela. A través de sus propuestas, los adultos influyen en la calidad de las experiencias que puedan tener los chicos. El tiempo y espacio escolar se resignifican a partir de un eje que sin duda resulta central en la vida de nuestros alumnos. 

¿Para qué sirve jugar en la escuela?

En la escuela no suele haber mucho tiempo para jugar. Los chicos se quejan de eso...¡Ya terminó el recreo?!! ¿Tenemos que entrar al salón?!!! ¡un ratito más seño...!!!

Pero en las intenciones educativas de la mayoría de las instituciones aparece el propósito de preparar a los niños y niñas para que desarrollen actitudes y aptitudes propias de seres creativos, críticos, autónomos, solidarios, comprometidos... Es común escuchar las quejas frente a una sociedad abocada al pasatismo, al aislamiento social, a un uso del tiempo libre consumista e individualista. Entonces, si cada vez es mayor la brecha entre nuestras intenciones educativas y la sociedad que criticamos ¿Por qué no pensar en hacer otras cosas?

Sabemos que la escuela reproduce los escenarios sociales, pero también produce sujetos capaces de modificarlos. 

A través de las actividades lúdicas, se afirma la independencia de pensamiento y de acción y se posibilita el desarrollo de la autonomía. Desarrollar la libertad y la autonomía no es una tarea sencilla. Es más, es una tarea sin fin, no podemos pensar en ello como una meta terminal de la escuela. El tránsito en la construcción de la propia subjetividad constituye en cada uno un recorrido particular, a menudo lleno de incertidumbre. Este camino que comienza en la infancia, se consolida con el paso del tiempo a lo largo de toda la vida. Pero son esas experiencias infantiles las que dejarán huella. En este sentido, los juegos en la escuela se transforman en una oportunidad para los niños. 

El juego de las oportunidades

Promover entonces el juego en la escuela, es una manera de ofrecer. Cuando la escuela ofrece estos espacios, se desarrollan en los niños innumerables potencialidades, se descubren talentos y posibilidades de actuarlos, se estimulan y generan sentimientos y valores. 

¿Qué oportunidades puede brindar a nuestros alumnos jugar en la escuela?

Oportunidad para expresarse: en el marco institucional, los juegos son siempre juegos reglados. No es lo mismo jugar en casa, en la vereda o en la plaza, que jugar en la escuela, ya sea en el patio o en el salón. Las reglas están puestas, a veces de manera explícita, y otras a partir de la presencia siempre visible de los adultos. Sin embargo, el juego en sí mismo posibilita la aparición de lo imprevisto. En el juego se rompe la barrera de "la respuesta esperada", surge la singularidad de manera espontánea, y lo que se hace, adquiere para los niños protagonistas verdadera significatividad. En este aspecto, los juegos pueden ser vistos como oportunidad para la libre expresión. Los juegos nos permiten "darle la palabra" al niño. Juegos con palabras, juegos teatrales, canciones, dramatizaciones. En estas situaciones los chicos se expresan, desarrollan sus capacidades comunicativas y ponen en palabras el vínculo con los demás.

Oportunidad para proyectar con otros: a veces son los maestros los que organizan los juegos. Presentan los materiales y las reglas, indican mediante consignas qué se debe hacer y qué no. Aunque existe la posibilidad de trasladar a los niños esa tarea. Podemos ofrecer los materiales, el espacio, y proponer que ellos decidan a qué jugar y cómo. Seguramente serán actividades que demandarán más tiempo (y más paciencia) a los docentes ansiosos de "resultados", pero sus consecuencias serán mucho más provechosas. Las actividades que generan la posibilidad de proyectar son las que contribuyen al desarrollo autónomo del niño, y a la vez las que permiten la concreción de valores como la cooperación, la ayuda mutua, la comprensión y la tolerancia. En la elaboración de proyectos de juego, los niños se enfrentan al conflicto de la diferencia. Aparecen los intereses enfrentados, se distribuyen roles y se asignan funciones. Se proponen y negocian las "reglas del juego", se advierten inconvenientes, se anticipan acciones. En este sentido el juego es un espacio privilegiado de desarrollo afectivo. 

Oportunidad para moverse: la organización escolar determina lugares cargados de significado. Generalmente el lugar destinado al movimiento es el patio, mientras que las aulas son el lugar para quedarse quieto. Pero al ver a los chicos en el recreo asaltan las voces de alarma en los docentes: "se desesperan por correr, se golpean, se pueden lastimar...". Y los niños se resisten a quedarse quietos también en el recreo. Esto nos abre la posibilidad de organizar los espacios de juego, y ofrecer alternativas de movimiento aún para ese "tiempo libre". Pintar una rayuela en el piso, cuadrados con "esquinitas", círculos de colores para saltar de uno a otro, proponer la reaparición de viejos juegos, enseñarles rondas nuevas o viejas, dejar a disposición de los chicos cubos, bloques, tener un pizarrón en el patio, o una pared "en la que se pueda dibujar con tiza"... Es decir, ofrecer. Somos en gran parte el resultado de lo que se nos ha dado o quitado. Ofrecer a los niños la oportunidad para jugar es un desafío que lleva el sello de la promesa.

Darnos una oportunidad

Mucho se ha dicho y escrito sobre el juego infantil. Muchas instrucciones pueden darnos sobre el juego como estrategia de enseñanza. Podemos leer acerca de los distintos momentos evolutivos y su relación con el juego. No obstante todavía aparece en los planes como algo fragmentario, destinado a un momento que debe ser valorizado en otro momento, "más serio, más importante". Esta idea condiciona la utilización del juego en la escuela, y atemoriza a los docentes con la sensación de que están perdiendo el tiempo.

Si nos permitimos la oportunidad de interesarnos por los juegos de los niños, si escuchamos y observamos lo que pasa en los patios con oído atento y mirada indagadora, podremos comprender aspectos no siempre conocidos de la vida cotidiana local. Y no solamente eso. Asomarse a los bordes del patio para sondear en las profundidades de los juegos infantiles es una privilegiada oportunidad que tienen los educadores para aprender algo más sobre el "sujeto que juega" y poner en valor la riqueza de esos "saberes prácticos", saberes que se despliegan y alcanzan su verdadera importancia en la escala de lo próximo y cotidiano. Desde este conocimiento entonces, podremos ofrecer. El juego es re-creación. Permite volver a crear posibilidades de acción, inventar, abrir caminos. Jugar es también aprender. Tal vez así la escuela se transforme en una escuela que sepa abrir la puerta para ir a jugar.