EL LUGAR DE LA LITERATURA EN EL CURRÍCULUM ESCOLAR

Lejos de pensarla desde una perspectiva tradicionalista, aporta una mirada donde lo fundamental pasa por enseñar la potencialidad cuestionadora y transformadora que posee.

Por Silvia Lizzi

…lo que la escuela debe enseñar, más que literatura, es a leer literatura […] el lector competente […] aquel que sabe construir sentido de las obras leídas.”

Teresa Colomer[1]

 

Una vía de acceso al conocimiento

 

El lugar de la literatura en el currículum escolar está fuertemente asociado a las prácticas de lenguaje, de hecho se habla de éstas en el ámbito de la literatura.

En los últimos diseños curriculares, con complejizaciones de acuerdo al ciclo, los objetivos tienden a proponer situaciones de lectura, escritura e intercambio oral acerca de una variedad de textos literarios pertenecientes a diferentes géneros.

El acento está puesto en la lectura y en la escritura como actividades que hacen a las prácticas del lenguaje.

 

“Un lector de literatura recomienda textos, sigue autores o géneros predilectos, selecciona fragmentos que relee o establece vínculos con otros materiales, como películas, series, música o cuadros. La literatura en la escuela tiene que remitirse a esas prácticas para familiarizar a los alumnos y permitirles, de ese modo, participar de ellas a partir de un repertorio cada vez más amplio y diversificado.”[2]

 

Se espera que la lectura resulte una experiencia gratificante y proporcione una vía de acceso al conocimiento, posibilitando que los alumnos puedan desenvolverse progresivamente de forma más autónoma.

 

Con respecto a la escritura, se parte de textos literarios para reflexionar en torno a ellos y para producir textos que cumplan con las características analizadas. Esta circunstancia evidencia que literatura se piensa como un aspecto dentro de los contenidos a trabajar en el campo de las Prácticas del lenguaje.

 

El rol asignado al docente es el de mediador, una tarea que puede ser en apariencia simple pero que en términos de Graciela Montes es “difícil y escarpada, donde soplan vientos y tensiones.”[3]

 

Los mediadores son -somos- adultos y por lo tanto hay una relación asimétrica con los alumnos. Pueden (podemos) diseñar caminos de acercamiento a la literatura, planear itinerarios interesantes para los niños y construir una relación dialógica que asegure la pluralidad de sentidos. O no.

 

Si bien no es justo efectuar generalizaciones, en ocasiones la escuela no alienta lecturas que respeten el texto literario en su especificidad y, tal vez por esta razón, no haya un número de lectores tan elevado entre nuestros alumnos.

 

Como se puede apreciar, la posición de la literatura dentro de la currícula escolar propone un espacio dado a las tensiones entre distintas posturas.

 

Muchos especialistas se abocan a la tarea de revertir esta problemática, intentando nuevas formas y estrategias para favorecer el espacio de la literatura dentro del ámbito escolar. Y, como hemos señalado, al tratarse de un terreno complicado, las posturas son encontradas.

 

¿Es posible que literatura sea un contenido curricular?

 

Es una pregunta que muchos se hacen, pero no es la única. ¿Es que realmente se puede enseñar y, por ende, aprender literatura? Todos sabemos que la literatura es una práctica cultural, por lo tanto atravesada por cuestiones sociales e históricas. Pero, por sobre todas las cosas, es una expresión artística, que posibilita la existencia de sujetos libres y críticos. Y he aquí los interrogantes que suscitan enfrentamientos: ¿puede la escuela garantizar esto si está obligada a hacer ciertas reducciones, selecciones y simplificaciones?

 

Siempre aparecen recomendaciones respecto de qué géneros emplear, sugerencias de autores y de obras que pertenecen al canon y sumando un elemento no menos importante, están las editoriales aproximando a los docentes sus catálogos con un nutrido surtido de ofertas: colecciones en valores, con determinadas estructuras que están de moda, recomendadas para franjas etarias, libros especialmente diseñados para abordar ciertas problemáticas…

 

Beatriz Robledo, escritora y especialista colombiana, considera que la literatura sufre una desnaturalización: “¿Para qué fue escrita y creada? Se puso los ropajes de la didáctica y de la enseñanza y se convirtió en objeto de estudio.” [4]

 

Lo concreto es que dentro del contexto escolar existe una problemática respecto de la selección de textos literarios y, muchas veces, se pretende una función educativa de la literatura, más ligada a concepciones tradicionalistas que al respeto por la especificidad literaria.

 

Varios especialistas sostienen que se ofrece a los niños literatura con intenciones extraliterarias, sobre todo pedagógicas y moralizantes, dejando de lado la función estética. Las colecciones “en valores” son un ejemplo cabal de esta afirmación. Están armadas “a medida”, para que no existan dudas sobre “aquello que el texto dice”, y esto no puede estar más alejado de la concepción de la literatura como diseminadora de sentidos.

 

“Los textos literarios, una vez más, o son completamente ignorados en su dimensión y funcionalizados para la educación (…) o son aparentemente exaltados y valorizados, pero, en realidad, usados para operaciones de formación moral.”[5]

 

Pensar en la literatura desde esta perspectiva tradicionalista es muy limitante, sobre todo si consideramos que en un gran número de contextos escolares es la escuela la única que proporciona un acercamiento a la lectura estética.

 

El papel que debe desempeñar la literatura en la escuela no es nuevo, es un tópico abordado en reiteradas oportunidades desde el siglo pasado.

 

Cada disciplina tiene algo que aportar: psicología, teoría literaria, lingüística, sociología, etc., y cada una sostiene una función distinta para la literatura. Los diseños curriculares han estado acompañando estos vaivenes, así que en algunos momentos se han sostenido como objetivos la comunicación, la construcción de la subjetividad, el placer, la conciencia sobre los valores, el desarrollo del pensamiento crítico…

 

Y el debate, seguramente, seguirá, porque si la lectura literaria es pensada como un proceso y una experiencia que permite leer críticamente el mundo, ¿puede ser un contenido curricular?, ¿puede ser enseñado y por ende, aprendido?, ¿puede ser evaluado?, ¿con qué instrumentos?, ¿basándonos en qué criterios?

 

No hay una respuesta única ni simple a tales interrogantes. Lo que deben existir son docentes con un posicionamiento al respecto. Obviamente, para tomar una postura se deben tener sólidos conocimientos teóricos, ser lectores expertos, con un constante diálogo con los textos literarios. Ser lectores “voraces”, inquietos, inquisidores, experimentadores, actualizados.

 

Los docentes debemos analizar nuestra propia relación con la literatura (¿cuántos textos literarios –sí, literarios- leímos en los últimos tiempos?) para luego pensar estrategias de acercamiento de los niños a la literatura. Ni por un instante debemos alejarnos de nuestro deber de docentes y mediadores –enorme responsabilidad- para tomar decisiones eficientes sobre cómo lograr el encuentro entre los niños y la literatura.

 

Lo ideal es alejarse de la perspectiva tradicional sobre la lectura literaria, aquélla que comprueba la comprensión textual con la ejecución de rutinas mecanizadas después del acto lector.

 

Carolina Cuesta, doctora en Letras y docente investigadora, sostiene que son los significados culturales, aquellos conocimientos que se tienen en realidad, los que permiten que el lector se apropie del texto, lo aprehenda y lo relacione con la realidad.

 

“Son esos saberes que “aún no conocemos lo suficiente”, que “ponen a los lectores en un rol de conocedores de los textos literarios y sus potencialidades.”[6]

 

Si el planteamiento es leer literatura para apropiarse de aspectos culturales, para enriquecerse con diferentes miradas, para ampliar nuestra comprensión sobre el mundo, entonces tiene lugar un cambio sobre el modo de relacionar a los alumnos con los textos.

 

Ya no estamos hablando de imposición de sentidos, de búsqueda de un tema particular (ése que yo tengo en mente), de comprensión apuntada a relevar datos que aparecen en la superficie textual.

 

Desde este posicionamiento no parece muy pertinente hablar de enseñanza, por parte del docente y de aprendizaje, por parte del alumno, sino de relación, de diálogo, de intercambio fluido de sentidos entre lectores.

 

Los autores Remo Cesarini y Lidia De Federicis afirman que: “La literatura es sentida como una de las formas en que se autoorganiza y se autorrepresenta el imaginario antropológico y cultural, uno de los espacios en que las culturas se forman, se encuentran con las otras culturas, las absorben, intentan confrontarse o conquistarlas; o bien desarrollan, en su interior, modelos alternativos a los existentes, o crean modelos e imágenes del mundo que, a través de la retórica de la argumentación y la persuasión, tratan de imponerse a los distintos estratos de público que configuran el tejido social. La literatura ofrece importantísimos soportes y modelos para comprender y representar la vida interior, la de los afectos, de las ideas, de los ideales, de las proyecciones fantásticas, y, también, modelos para representarnos nuestro pasado, el de nuestra gente y el de los pueblos, la historia.”[7]

 

En conclusión: trabajar con literatura y lectura literaria supone una práctica que tiene dos aspectos: 1) una experiencia lectora directa por parte de los alumnos; 2) una lectura guiada para brindar pistas acerca de cómo construir sentidos cada vez más complejos.

 

Si bien ambas han estado en la actividad educativa y han mantenido relaciones difíciles entre sí, lo fundamental es enseñar la potencialidad cuestionadora y transformadora que la literatura posee.

Enseñar literatura es infinitamente más que brindar información sobre autores, explicar procedimientos narrativos o recursos estilísticos y responder cuestionarios.

 

Para poder enseñar literatura hay primero que leer. Y no solo un texto o muchos, sino todo lo que ellos nos puedan mostrar: las funciones sociales, el mundo, las diversas perspectivas, la posibilidad de “alargar la mirada”.

 

Los docentes debemos propiciar la conversación literaria en clase con fundamento, planificándola. Debemos leer, mucho; actualizar constantemente nuestros conocimientos y nuestras lecturas; compartir con otros nuestras experiencias lectoras y nuestras estrategias.

 

¿Cuál es el lugar de la literatura en la escuela? El que cada docente desde su práctica esté dispuesto a darle más allá de recetas, prescripciones, sugerencias editoriales o listados de autores recomendados.

 

De lo contrario va seguir teniendo vigencia un diálogo sostenido por Sally y Charlie Brown, dos de los maravillosos personajes creados por Charles Schulz (1922-2000):

 

Sally: -He estado leyendo poemas en la escuela, pero no los entiendo. ¿Cómo puedo saber si me gustan?

Charlie Brown:- Te lo dicen.


[1] Colomer, T. (2005): El mediador escolar de lectura literaria. Universidad Autónoma de Barcelona.

[2] Diseño Curricular (2018), Provincia de Buenos Aires.

[3] Montes, Graciela (1990): El corral de la infancia. Libros del Quirquincho, Buenos Aires.

[4] Robledo, Beatriz (2011): La literatura como espacio de comunicación y convivencia. Lugar Editorial, Buenos Aires.

[5] Cesarini, R. (1986): “Cómo enseñar literatura”, en Bombini, G. (compilador): Literatura y Educación. Centro Editor de América Latina.

[6] CuestaCarolina (2006): Discutir sentidos. La lectura literaria en la escuela. Libros del Zorzal, Buenos Aires.

[7] Cesarini y De Federicis (1988): "La ricerca letteraria e la contemporaneità" en (1979-1988): Il materiale e l' immaginario. Laboratorio di analisi dei testi e di lavoro critico. Loescher, Torino.