INTEGRACIÓN: LA CIENCIA QUE ESTUDIA A LOS PATOS

Los adultos que habitan la escuela, en ocasiones, se olvidan que los niños poco saben acerca de los diagnósticos que traen sus compañeros con discapacidad.

Por Julieta Rubin

“Todas las personas grandes han sido niños pero pocas lo recuerdan” (El Principito)

Para Thiago, su amigo Félix no tiene espina bífida, simplemente le cuesta caminar. Martina no sabe lo que es el Síndrome de Down, para ella Mora es una compañera un poco más chiquita que los demás. Cuando Facu se tropieza, Bruno piensa que es porque es torpe o un poco bruto, no sabe que nació con una parálisis cerebral. Y Sofía, no tiene autismo, es que a veces no quiere jugar o prefiere hacerlo sola.

Compartí la escuela primaria con El Flaco, y todos mis compañeros y yo pensábamos que en algún momento iba a lograr caminar. Usaba andador y a veces una silla de ruedas. Viajaba casi todos los años a Estados Unidos a operarse y nosotros le guardábamos la tarea. A la vuelta, nos contaba por ejemplo que ahora podía apoyar mejor su pie derecho, aunque resultaba casi imperceptible. 

Recuerdo que una vez, sonó el timbre del recreo y el señor de maestranza que siempre lo ayudaba a bajar -cuando no había ascensor- se olvidó de venir a buscarlo. Lo levantamos con un compañero, uno de cada brazo, y lo bajamos por las escaleras. Estábamos en 4to grado y la directora nos llamó “inconscientes”, pero más inconsciente era quedarse sin recreo. 

De vez en cuando hablo con él, estudió Abogacía y ahora sí sé cuál es su diagnóstico: cuadriplejía debido a una parálisis cerebral con predominio en el lado izquierdo; para mí sigue siendo El Flaco. 

Recuperar la mirada de la infancia

La despatologización en la escuela consiste en dar lugar para que los niños descubran la discapacidad que tiene un compañero o compañera y resuelvan cómo vincularse con ella. 

“Es cada vez más importante entender la discapacidad como una diferencia y no como una desigualdad. Reconocer la realidad, llamarla por su nombre y terminar con los eufemismos y las expresiones “suavizantes”, puede contribuir a ello de una manera sencilla, concreta y eficiente (Pantano, 2007). 

De esta manera, no se trata de negar la discapacidad o llamarla de otro modo (“personas con capacidades diferentes”, o “necesidades especiales”, entre otras expresiones). Bajo la premisa de que la educación es un derecho, buscar la manera de incluir genuinamente, no como una mera imposición. 

Una vez, al comenzar una clase una alumna me advirtió: Francisco a veces se porta mal. Luego, su maestra de apoyo me explicó que tenía esquizofrenia. Por lo que se puede deducir que las palabras complejas sólo importan a los grupos adultos porque así lo requieren las instituciones. Mientras que las infancias curiosas no precisan dicha terminología para entablar un vínculo. 

En la escuela, se pueden observar diferentes formas de relacionarse con un compañero/a con discapacidad, y en esa interacción surgen algunos de estos personajes:

La madre. Este personaje aparece a menudo en los grados más pequeños y es la encargada de cuidar a todos “sus pollitos”. Lo ayuda a ponerse el buzo, a guardar los útiles en la cartuchera, y supervisa a cualquier adulto que quiera asistirle. 

Al que el deber lo llama. Frente en alto, mirada de reojo a los docentes que lo están observando. Colabora con su compañero con discapacidad mientras vigila la aprobación de los adultos que lo rodean. Sabe que lo que está haciendo es lo correcto pero interrumpe su nobleza para obtener reconocimiento por parte de los demás.

El Barra. No le importa nada (si camina, si habla o si usa anteojos). Para el Barra, la silla de ruedas es como una máquina para viajar sentado. “Mirá cómo hacés willy” y levanta las ruedas delanteras dejándole la cabeza a cinco centímetros del piso. Pasea haciendo dribling, aumenta la velocidad y frena de golpe; el Barra busca divertirse.  

El forzudo. El que todo lo resuelve levantando a la gente. Si no puede caminar, le hace upa. Si no avanza lo empuja. La fuerza es su recurso imbatible ante cualquier demanda exterior. 

La maestra ciruela. Sentate, correte, tirá, mirá, pateá. Ella dice todo lo que el resto tiene que hacer y si su compañero no puede le muestra. Repite una y otra vez la secuencia a su lado hasta que logre copiarlo y si aún no lo consigue lo hace por él. 

El comparador. El famoso niño “por qué”. Y ¿por qué a él a veces le escriben la tarea? Y ¿por qué baja por ascensor? Y ¿por qué se va más temprano los miércoles? Todo es cuestionado y le genera curiosidad. El comparador, en definitiva, lo quiere conocer. 

En conclusión, cada quien registra la discapacidad de una manera diferente y actúa en consecuencia. Habrá quienes resulten sobreprotectores, quienes hagan preguntas, quienes todavía prefieran no saber nada. Son todas formas de conocer al Otro, en este caso, un otro con discapacidad. Son las formas propias de los niños, no de las personas grandes. 

Despatologizar, entonces, es recuperar la mirada de la infancia y permitir que se relacionen a través de ella. Porque si le preguntás a un niño qué es una patología te dirá que es la ciencia que estudia a los patos.