Educar en el compromiso y la solidaridad.

¿Cómo se construye la solidaridad? ¿Cuál es la lógica que permite resignificar los actos individuales para dar lugar al vínculo solidario? ¿Puede enseñarse la solidaridad?

Por Claudia Gantus

“Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces, 
 Martin Luther King

Ser con el otro

Tal vez sean momentos complejos para pensar la solidaridad. Adhesión, ayuda, protección, respaldo, son sinónimos de un término que involucra mucho más que lo lingüístico.  Al querer hablar de solidaridad nos damos cuenta de la enorme carga afectiva, valorativa y transformadora que esa palabra contiene, y es entonces donde necesitamos recurrir a un análisis que supere lo meramente conceptual. 
El mundo está ahí, con los visibles efectos de la puesta en práctica de políticas y modelos que han instaurado el individualismo como valor supremo, y desarticulado todo tejido social que pudiera permitir algún tipo de construcción colectiva. Todo individuo está interrelacionado con los otros y con su entorno físico, social, cultural, histórico. Resulta impensable un sujeto ajeno a toda esta trama de relaciones que lo componen. Por eso cuando hablamos de construcción colectiva, nos referimos a ese tejido por el que el ser humano se incluye, se enlaza y se integra a esa red que le otorga sentido personal y social. 
La solidaridad es una construcción colectiva, porque supone una comunicación horizontal con el otro. Por eso está sustentada en la igualdad como valor, y en la justicia como meta. 
Entonces: ¿Cómo se construye la solidaridad? ¿Cuál es la lógica que permite resignificar los actos individuales para dar lugar al vínculo solidario? ¿Puede enseñarse la solidaridad? 

En la escuela

En los últimos años –debido a la crítica situación económica y social que atravesó nuestro país -  las escuelas se vieron desafiadas por una diversidad de demandas y problemas que en la mayoría de los casos excedieron a sus funciones y posibilidades, y que ocuparon el territorio de lo pedagógico con innumerables actividades que las urgencias impusieron, sin contar con las sucesivas modificaciones curriculares y los habituales requerimientos burocráticos a los que se vieron siempre sometidas nuestras instituciones educativas. 
En este marco, la solidaridad se presentó como un acto necesario, más que como una intención pedagógica específica. Sabemos de maestros y escuelas que han hecho de las situaciones más complejas una oportunidad, generando espacios donde el sentir con el otro fue escenario propicio para la construcción de acciones solidarias. Sin embargo, tratar de pensar la solidaridad desde lo pedagógico supone de algún modo la posibilidad de poder despegarse de situaciones coyunturales. No se trata de ajustarse a la realidad que necesita de acciones solidarias, sino pensar nuevas formas de intervención que produzcan cambios profundos y duraderos. Es que la educación siempre es anticipatoria, en tanto nos permite creer que a partir de ella, otra realidad es posible. 
Este poder anticipatorio de la educación no es predictivo, sino que requiere de un proceso de construcción compartida y una intencionalidad explícita, por un lado de las políticas públicas, y por otro de todos los actores institucionales, ya que es en ellos, maestros, directivos, profesores especiales, en los que se concretará ese proceso. 
Entonces, educar en el compromiso y la solidaridad significa poder pensar una educación de calidad, es decir, pensar y planificar para el desarrollo de las competencias necesarias para participar en los diferentes ámbitos de la vida humana y construir proyectos de vida con relación a los otros. La escuela es el lugar donde los niños deben desarrollar sus competencias sociales. En las interacciones con los compañeros, el niño descubre el mundo de lo diverso. Al ampliarse el universo de lo familiar, lo conocido, aquello que le dio desde pequeño las primeras herramientas de comunicación, los chicos se enfrentan a la realidad de la diferencia. Es en estos espacios donde deberá aprender a compartir, cooperar, negociar, ayudar, pero también donde deberá competir, defenderse, discutir, aceptar normas, cuestionarlas. La escuela es esencialmente el lugar donde nace la posibilidad de construir un pensamiento colectivo basado en el reconocimiento real del otro, de su diversidad. Y deben ser los maestros los que desde sus propuestas pedagógicas promuevan y favorezcan nuevas formas de convivencia solidaria. 

¿Cómo construir una educación en el compromiso y la solidaridad?

En primer lugar es imprescindible que cada maestro o maestra tome decisiones previas a la planificación de la enseñanza. Es el plano de la intencionalidad docente el que permitirá dibujar y definir las estrategias para llevarlo a cabo. Y es necesario plantearse el por qué de esas decisiones. Como docentes, pensar en propuestas que promuevan la solidaridad es mucho más que diseñar proyectos comunitarios. Es adoptar valores, asumir compromisos, correr riesgos, justificar acciones.
En segundo lugar, es necesario explicitar esas decisiones frente a los chicos. Aún cuando se trate de niños pequeños, nuestros alumnos deben ver en estas actividades la puesta en práctica de los valores asumidos. 
Finalmente, es necesario que las acciones llevadas a cabo por los grupos escolares sean vistas como instancias de aprendizaje, para que se puedan corregir errores, consolidar y potenciar las virtudes personales y por sobre todo potenciar el desarrollo social de nuestros alumnos.

Puntas de un ovillo desordenado

Es difícil presentar propuestas que no sean vistas como recetas mágicas a seguir, y por otro lado, es casi imposible intentar instrucciones para una educación solidaria. La solidaridad es un ejercicio compartido que surge de una convicción, y por lo tanto, carecería de sentido exponer una programación de tareas a tal efecto, para ser ejecutadas en el aula a modo de instrucciones. 
Sin embargo podemos sugerir algunas herramientas. 
Ya hemos dicho que la solidaridad es el resultado de una construcción colectiva que deviene de la percepción del otro. Aprender a sentir con el otro, aprender a comprometerse con el otro, aprender a convivir con el otro. Por lo tanto, deberemos seguramente empezar por promover desde el aula el reconocimiento del otro. ¿Qué significa esto? 
Es necesario lograr que nuestros alumnos aprendan a “ponerse en la piel del otro”, tomar su lugar para comprender que generalmente, quienes actúan o piensan distinto, tienen sus razones para ello. Ponerse en el lugar del otro y reconocer su situación como parte de un entramado social que lo contiene. De esta manera, las acciones solidarias no se limitarán a prácticas asistenciales, sino a crear compromisos de modificación efectiva del entorno. Esta dimensión permitirá formular normas y proyectos contextualizados, donde se pongan de manifiesto los criterios de valor que permiten consolidar las intenciones de un mundo más justo, más igualitario, menos egoísta, más solidario. 
En el aula, podemos ir logrando esta sensibilización en la mirada de nuestros alumnos. En un mundo donde ante el riesgo de mirar al otro se prefiere esta sociedad de autistas socialmente conectados, la necesaria y progresiva proyección de la persona hacia los demás se impone como necesidad.
Estas acciones pedagógicas pueden organizarse sobre distintos ejes. Por ejemplo: es importante que la escuela se vincule con las organizaciones sociales que trabajan en la comunidad. Siempre existen trabajadores voluntarios, proyectos comunitarios, grupos de trabajo barrial. Acercar a los chicos estos ejemplos concretos a través de visitas, entrevistas, charlas con los verdaderos protagonistas, ayuda a ver la solidaridad como un valor cercano y factible de ser encarnado en personas reales. También es posible conectar a nuestros alumnos con los participantes de un proyecto solidario del barrio o la ciudad y compartir el lugar de los destinatarios de ese proyecto. Un almuerzo compartido, una jornada deportiva, algún festejo del barrio. Es necesario que la solidaridad deje el lugar de la asistencia caritativa para transformarse en una acción donde todos damos y recibimos. 
También es importante fortalecer las acciones que vinculen a los chicos con la memoria histórica en relación a estos temas. La solidaridad no debe ser vista como una acción casual, o el desprendido y desinteresado trabajo de un voluntario individual, sino como una trayectoria orientada a construir un nuevo destino.  Tenemos instrumentos en la escuela para desarticular esas trayectorias donde la solidaridad ha sido disfrazada de relaciones de asistencialismo y dependencia clientelar. Es tiempo de animarnos a dar nuevos pasos. 
La solidaridad es compasión, en tanto permite el sentir el padecer del otro, pero no toda compasión genera solidaridad. Solo será auténtica en tanto esté unida al sentimiento de fraternidad que me hermana con el otro sintiendo que sus padecimientos y necesidades, por ser humanas, también son mías. Así, la presencia del otro demanda una respuesta.
Entonces, lograr un mundo más justo e igualitario implica construir actitudes personales y proyectos sociales cooperativos y liberadores. Si los maestros y maestras conocen la realidad que rodea a la escuela, si rompen la aparentemente apacible esfera de la que pueden investirse las acciones del aula y superan las actividades del libro de lectura, podrán potenciar desde la escuela la creación de un proyecto solidario desde la realidad y para la realidad, evitando la sensación de impotencia e inutilidad. 
No se trata únicamente de sensibilizar, abrir conciencias, generar comprensiones críticas de la situación planetaria sino de ayudar a las personas a que sean conscientes de su propia capacidad para influir en la toma de decisiones de la sociedad, a nivel local, nacional e internacional.
No hay solidaridad sin participación. Y deberá ser en la escuela donde nuestros niños aprendan a participar, participando.
¿Estaremos los docentes dispuestos a aprender con ellos?

Bibliografía

BOLÍVAR, A. (1992): Los contenidos actitudinales en el currículum de la Reforma. Editorial Escuela Española, Madrid.
MORIN, E. (1984): “Más allá de la complicación, la complejidad”, en Ciencia con Conciencia. Editorial Anthropos. Barcelona.
TURIEL, E.; ENESCO, I. y LINAZA, J.: (1989): El mundo social en la mente infantil. Alianza, Madrid.


CLAUDIA GANTUS es Licenciada en Educación, con orientación en Diseño de la Enseñanza y Evaluación. Profesora de Ciencias de la Educación. Profesora de Filosofía y
Pedagogía.